miércoles, noviembre 02, 2005

CASTABULE Y EL LIBRO DE NINFAS


(Don Quijote de la Mancha)

(...) Mas yo me tengo la culpa de todo, que no avisé a vuestras mercedes de los disparates de mi señor tío, para que los remediaran antes de llegar a lo que ha llegado, y quemaran todos estos descomulgados libros, que tiene muchos que bien merecen ser abrasados, como si fuesen de herejes.


-Esto digo yo también –dijo el cura-, y a fe que no se pase el día de mañana sin que de ellos no se haga acto público, y sean condenados al fuego, porque no den ocasión a quien los leyere de hacer lo que mi buen amigo debe de haber hecho. (...)

(...) Llegó a la cima de la montaña, que era toda un lago humeante con cinco sirenas apostadas en las orillas. Las cinco sonreían y le guiñaban el ojo. Se adentró en el agua satisfecho, pero sus pies tropezaron con algo. Bajó la mirada y vio a la sexta sirena. Estaba morada e hinchada, enredada en una mortaja de algas resbaladizas. Castabule mudó su sonrisa en una mueca de espanto.

Las cinco sirenas rieron más, para luego sumergirse lentamente en su propio reflejo y desaparecer. La sirena muerta fue subiendo por las piernas de Castabule, y conforme salió a la superficie, fue transformándose en una beldad de rizos de henna y ojos esmeralda. Le hizo el amor y luego se despidió. (..)

(Texto ofrecido por Alex Fenollar y Maripí Antorán)