lunes, diciembre 05, 2005

Cartas de verano



A menudo me pregunto por las mujeres que nos vigilan cuando volvemos la espalda, o salimos de tiendas o aulas que por tímidas o tal vez acomplejadas no desmienten ni reclaman ni proponen; un café o unos apuntes, cualquier motivo es válido para entablar vínculos y retener semblantes. Pues todo comienza así; la rueda que gira y el interruptor que enciende y muestra, una pregunta a aquel que amamos o tan sólo deseamos, “tú eres de cuarto, ¿verdad?” o “¿sabes dónde está el aula 204?”. Nos basta a menudo para quebrar el cable, la quietud e indiferencia desplazada y un trayecto interrumpido, quién sabe si para siempre. Vaciar con un giro el beso que empezó en silencio, ni siquiera argüir o inventar, ese giro y ella humillada que marcha sola y ya nos desprecia. Esas personas que nos miran tan atentas y admiran y cuya existencia y camino desconocemos, o que son del todo conocidas, habituales, compartidas camas y bromas y los secretos que en nada les son vedados, torpezas e insolencias o pedanterías que jamás cometeríamos armados de conquista y seducción.

A las que provocamos temblores, pero también a las que nosostros rastreamos por pasillos y hasta obtenemos direcciones o teléfonos o provocamos encuentros ―pienso en Miriam y en playas y en tantas otras, fingir casualidad o predestinación―, fijado el objetivo y el mito y encaramada la búsqueda a quien tú regalas blanca camiseta firmada por su ídolo, o mis poemas esgrimidos en noches deshilachadas, pues no hacerlo, retenida la mano y atada la rosa y frías las mesas, no hago o no sigo y me detengo o no importa y no propongo, sería negarnos. Detalles que otras encumbrarían y enmarcarían e inmedatamente harían correr como haces de luz. Es el bucle que a todos atrapa; alguien que ama a alguien, y pasa inadvertido pues lo hace respecto de otro por quien daría vida y pertenencias, y esta a su vez de otro que ni tan siquiera se fijó en ella. Una pescadilla ávida de cola o un engaño o un círculo sin opción de huida.
Tú apartaste todo lo que no era Clara de tu lado, incluido yo, acto inevitable que convierte en frágil —una amistad— lo que parecía eterno. Dicen que nunca se cambia, ni se aprende pues somos de una única manera, como estatuas ajenas al entorno, pero como tú, ambos hemos aprendido lo volátil del amor, de la entrega tan necesaria a pesar de la distancia posterior, del vacío y que después de la oscuridad, regresamos siempre a la vida.

John Stuart Mill dice que “no obran mal los hombres porque sus deseos sean fuertes, sino porque sus conciencias son débiles” y que “quien carece de deseos e impulsos propios no tiene más carácter que una máquina de vapor”. Color de un ramo o el gesto o el poema o la camiseta firmada crea estupor entre los no habituados a la generosidad, a la cajita de sueños y la entrega sin esperar nada a cambio, pero no deja de ser un acto genuino, puro, pues se hace sólo porque desea hacerse.


Tú y yo sabemos de la espera necesaria, de vivir intensamente cada instante si brota ferviente un nuevo amor, Clara y Lorain por estos tiempos, como otras antes, como tantas futuras. A veces pienso que sólo deberíamos citarnos y permanecer al principio porque es entonces cuando compartimos sin apenas compromiso, cuando todo es sencillo como persuadir a quien ya fue seducido. Incertidumbre y deseo e inquietud sin riesgos ni veneno, amantes eternos mientras dure el asombro; qué pronto nos basta un abrazo o un gesto, garabatos con nuestro nombre y el suyo tan cerquita, con desproporcionada cortesía y candidez.
Arriesgados en los actos pues se nos espía y evalúa continuamente y algo menos en las palabras tan calibradas, calculado el instante y el adjetivo; o más bien sea lo que creemos que el otro espera para complacer expectativas. Después somos el mismo repetido una y otra vez, mostramos incluso lo detestable y vergonzoso, perdida la posibilidad de escapar, la imaginación diluida en cada tarde, anodinos y comunes de nuevo hablando sin acierto ni encanto, olvidada la primera etapa donde no se yerra ni se juzga.

Si no hay mejor consejera que la experiencia, deberíamos seguir la pauta del engaño. Ocultar otros labios y perdonar sus descuidos infieles. Así, nos sería exigido callar y contener los matices del recuerdo, el segundo recortado minuciosamente o un sesgo de penumbra. Si no necesitáramos preguntar, conocer pormenorizadamente, indagar que sucedió cuando nos pidió distancia y tiempo, y nos fue infiel o nos compartió con otro, el acto o resorte ya inevitable que cambia y limita, su grave expansión como humo delator. Una habitación a la que se regresa rezuma siempre pudor y entrega, estómagos rugientes y la nocturnidad de horas sin su amarga estela.
Quién sera él, incluso a qué se dedicaba, si era y por tanto es un elocuente abogado o un nórdico estudiante rollizo todo brazos y sexo de mentón protuberante o hábil seductor, o si le atemoriza pronunciar las erres, aletargado de fobias tempranas o ruin pero delicioso armado de muslos; sus chismes en los días de almohadas que no pudimos olfatear ni presenciar. Las palabras y los hechos no se miran de frente, adecuados a quien los nombra o relata, unas botas altas pegadas a unas zapatillas bajo un colchón, rescoldos de noches prófugas e incisivas como olas. Si se silencian los recuerdos y nada se vierte en los oídos todo será idéntico a como fue y pasear o sugerir será de nuevo iniciático, como los besos tórridos de la pubertad y primerizos bajos los tilos de un parque.

Nos alimentamos de excusas para huir de la hambruna de la culpa.

Así actúan quienes tú y yo conocemos y hasta detestamos, echan arena o ceniza o piedras, dibujar una sonrisa o apartar la mirada, inocente voz ávida de desvelo.

No cambies, mantente en pie a pesar del rumor que nos envuelve y nos exige imitarlas como una moda, golpear antes de ser golpeado, engañar pues seremos engañados, porque entonces dejaríamos de ser quienes somos.