lunes, enero 30, 2006

(Carlos Navarro. Septiembre 2005)

Contemplar un proceso inevitable cautiva
los sentidos, como una mano entre flecos de seda.

(Te traje hasta aquí
del brazo. Esplendor y deseo en los primeros
días. Al poco, sólo unos niños
apedreaban con nueve años de saña)

Letras de humo
improvisan ahora mensajes, y
el aire se queda sin palabras.

Centenares de huéspedes vitorean. Donde
hubo jardín hay huellas
insolentes. Son huecos como ojos.

De repente
vierten olvido y desechos, saquean, puños
en alto sobre el pulso de estas ruinas
que una vez fueron alma.

Vuelves tu mirada plomiza; soy lo poco que has dejado.

Acaba conmigo.

jueves, enero 26, 2006

Temían

(Carlos Navarro. Septiembre 2004)

Temían no volver a las tazas de café, a tardes de palabras y pinceles. De quebradizos silencios. Como recién nacidos, incubaban en el sueño de un niño que desea despertar: pies de Cenicienta, ella, caballero vencido, él.

Temían no volver al vértigo de pasos, al silencio de labios sellados donde latía vida. Así, vida vivida tras vida vivida en cada tarde, fueron consumiendo días compartidos, dejando sólo unos cuerpos dehabitados. Sólo unos pies descalzados y un caballero perdido sabrían de las hojas del recuerdo.

Temían no volver a los gestos ingenuos, a nombrarse y mirarse y tal vez, no sé, quizá, una tarde cruzar sus caminos, dejados de toda fortuna en un futuro sin párpados, ni sueños, ni vértigo.

Exiliados del mundo, hablar frente a una taza de café de ciertos versos de Benedetti que ella le recitaba.

jueves, enero 19, 2006

La azotea bichera, cuentos en la azotea... Sólo falta la sección que se acaba de inaugurar: "Música en la azotea". Deja el título de la canción que quieras que colgar, y trataremos de ponerla si la tengo o la encuentro... Si no, envíala a la siguiente dirección: zeuista@hotmail.com.

¿Resultará una buena sección? Depende de ti.

miércoles, enero 18, 2006

Acerca de la traición

(Carlos Navarro. Tiempo estimado de lectura: 10 minutos)

N
egamos acciones cuando no son reflejo de nuestra imagen, pues somos ejemplo y virtud, o eso pretendemos; del caballeroso que por hambriento no ofreció y engulló sin alzar la vista, del justo por adjudicarse con inquina lo que no era suyo, del que no admite haber pagado por acostarse bajo un precio, cuando el impulso nos arrastró y no pudimos evitar, pero lo hicimos, y se quebró una promesa. Bastará con mantenerse callado, se piensa, y así evitar e incluso anular lo que sucedió si fuimos los causantes, aquello que tentó y tentó como si tuviera voluntad propia, una equivocación única que no volverá a repetirse, pero que sí fue y se llevó a cabo; la traición. Más cruenta si nos la ejercemos a nosotros mismos, una sedición inesperada de la conciencia, o más bien de la correcta conciencia que declina y deja de lado o envía al foso o señala con el dedo. Tantas veces ejercemos la traición, y tantas las sufrimos. Quien no auxilió, o lo que es peor, quien no supo cuál debía ser el último golpe, y asestó una vez más, y otra hasta hundir sobre el fango, un minuto, forcejeo, y dos, el oxígeno, bajo la pezuña de la ira; a él sólo le queda dejar de lado, o subir un escalón para poder seguir, siempre lo hacemos, seguimos y seguimos hacia cualquier estado o edad mejor.

Quizá nadie debiera prometer nunca nada, el compromiso nos une y esclaviza, dilapida acciones futuras y es fruto entonces de una traición; o tal vez no debiéramos confiar en nadie.

A quien le fue ocultado y desconoce, cuando el prejuicio es un puñado de arena ante la explicación o el desmentido del que nunca nos falló, sólo nos acerca su pasado sin sombras, de perfil y recostado en tantas fotografías. A él y al que apenas conoces te alquilas; expuesta hasta la sangre si la hubiera, le das nombres, datos, referencias sin titubeos, le acompañas o le relatas, le confiesas y escuchas, le prestas y permites su reposo en casa, descuidas o desproteges cuando no hay mirada críptica que ensucie al volverte, y duermes entonces a su lado.

Pero estar informado, saber que hubo traición sí nos pone en guardia, aunque fuera a otros tan ingenuos, endebles y marginales que en su mansedumbre no percibieron los indicios, la voz brumosa de la excusa, porque la desconfianza no duerme, inquieta, se agita como agua cuando desvela hechos y nos dan la fecha y hasta la calle o el nombre del hotel donde nos fue desleal, al detalle la palidez muda de la camarera cuando fuimos sentenciados, o las letras cinceladas en la piedra mostrando pedazos de otras vidas: “aquí estuvieron Javier y Miguel”, o los motivos del que fue cómplice si lo hubo, su interés desde el primer día en arrebatarnos de un solo golpe nuestra fortuna. Y se teme aún más lo que tomamos por certeza, hasta lo vivido y presenciado, se entrega la duda, oh sí, su mancha indeleble que se extiende y es entonces que todo habrá podido ser un engaño, la farsa tramada pues no se pervierte un pacto o una norma o un acuerdo a nuestras espaldas como no se enciende un cigarrillo o se quema una hoja sin saber que habrá humo, todo arde, y más tarde ceniza, o nada si esta se dispersa, y sabremos que no fue improvisada ni fortuita su traición.

Veneno admonitorio en cada retraso o disculpa, la savia o la raíz de lo que hubo carcomido ahora bajo la sospecha y la duda, cómo volver a confiar en quien ya nos robó una vez, o desveló confesiones sin consentimiento u ocultó y nos manipuló, cómo no quedarse con el robo o la manipulación y echarlo en cara cada día cuando escuchar su nombre ya remite al acto, no importa cuánto hace que pasó ni si hubo arrepentimiento, fue sellado y condenado entonces como mentiroso o infiel prematuro sin él saberlo ni desearlo ni buscarlo al pronunciarse de nuevo, tan injusto y a la vez tan útil e incluso merecido.

El abandono y la mentira, la sustitución o la revelación de lo que se contó al oído y jamás debió ser mencionado (pero quién calla, quién no es mezquino ante miserias de quien un día admiramos —la curiosidad y la envida—, y propaga a sus confidentes más íntimos).

Y sabemos que nada volverá y todo marchó, o ni siquiera tanto, pues tal vez lo vivido juntos fue también invención, fingido o sobreactuado. Es tal la capacidad de justificación, como quien es infiel sólo durante un período de tiempo, o sólo con una mujer, o sólo una noche ―un desliz, se arguye, una equivocación nada sentida ni disfrutaba, un descuido, como si endulzar amilanara la gravedad, o doliera menos o fuera excusable o comprensible por la debilidad o la persuasión de aquel perfume o engatusamiento o la embriaguez, le cambiamos el nombre a lo que pudiera sonar desagradable o excesivo y se envuelve en ternura, jamás pronunciados cuernos o infidelidad o engaño; un desliz, mi amor, ni siquiera sé cómo se llama, mi amor―.

Pero a veces se perdona, una o dos o más veces, no por la súplica o excusas, sonido de mullidos balbuceos, disculpas tardías que nada deshacen, sino porque alejarse es costoso y más cuando se quiere o aprecia y hay vínculos comunes como un barrio o amistades o recuerdos. Y los necesitamos pues la ausencia de vínculos afectivos, como de recuerdos, sería como habitar una ciudad de fantasmas, sin nadie que nos atendiera ni reclamara. Se coloca o suma el perdón uno encima del otro, se resigna y se consiente, el límite impuesto en la adolescencia hecho pedazos. Y en cierto modo se merecen los fallados o traicionados cuando existen evidencias, avisos de que así actúan o lo hicieron con otros. Somos por tanto nuestro propio foso y pala, espectadores de la deslealtad protocolaria en aguas tranquilas, pusilánimes indiferenciados en el fango, perdonamos bajo la pezuña de la ira, un minuto, forcejeo, y dos, el oxígeno.

lunes, enero 16, 2006

LA AZOTEA

(Carlos Navarro)

Resuenan esta noche los ecos grises de una azotea.

Reflejo y soledad, te besé el párpado
para bordar una imagen, esconder
entre tuberías la despedida.

Decolgamos así un instante, y aún
sigue oculto; habita el aire
que desprenden los sueños.

Tal vez podría olvidarme de lo poco de las horas,
su pérdida, pero vivo todavía
allí, escuecen picaduras
y ondea, a lo lejos, un toldo.

A veces actúo así, me traiciono y en secreto, volvemos a hablar en la baranda.

Si jamás me hubieses acariciado,
si tu mirada se explicase.

Y a nuestra azotea, cómplice único,
esperanza que aletea y nunca cesa, subo
y sigues resistiéndote a caer dormida.

Vuelves a imaginar fantasmas, convences
a una estrella
que danza por nosotros.

Te amé en silencio.

Las palabras, como las heridas, ignoran
quiénes fuimos.

viernes, enero 13, 2006

Historias de vida

Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.
A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
- El mundo es eso – reveló-. Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.


(De Eduardo Galeano, en El libro de los abrazos)

domingo, enero 08, 2006

(..)Caminamos embriagados por un filo melindroso, como buscando un margen: a los lados nos esperaban los latidos. Recorrimos la innombrable ciudad, sin nada salvo la noche única en común. (...)

La versión completa de Mujer Rehén ya está colgada en Cuentos en la azotea