lunes, febrero 27, 2006

De la noche y sus sombras


Prometerse el mar como en las canciones. El aroma de la noche de bodas. Los patucos del nene que ya tiene nombre y aptitudes y profesión. Mis caricias que serán las mismas de hace tan solo unos instantes. Las ciudades que visitaremos y de las que tendremos mil fotos y ningún recuerdo. Las dudas desmenuzadas. El sosiego que otorga el lazo matrimonial. Mis labios eternamente en tu mano. Estar siempre juntos.
Tantos proyectos con voz entrecortada, con dubitativa pero vivaz mirada que se ahoga en su propia luz. Deseo que todo lo que hablamos se cumpla y que nada cambie, que persista la confianza y se limen las diferencias, que se desduden las dudas, que su amor sea tan intenso como el mío, que le baste lo que le ofrezco, que me baste su presencia. Por eso ahora he sabido a ciencia cierta que no recordaré de ti las horas que compartimos ajenos al paso de los años, tus dulces testimonios en mi oído, el cálido aroma que surcaba mi horizonte al despertar a tu lado, ni las tardes de ensueño abrazados en cualquier banco, los arrebatos inconscientes de pasión en probadores ni servicios públicos, la falta de atuendos en nuestro lecho, ni tus tiernos pechos que admiraba y devoré con devoción tantas noches y ninguna tarde. Ahora sé que no recordaré de ti discusiones ni románticas noches al son del oleaje del mar, ni el vaho que el invierno se emancipaba de nuestros labios, ni las huellas plasmadas en los te quiero susurrados.
No recordaré tu recuerdo. Ahora sé, nena, que tan sólo el jardín nocturno de tus ojos quedará plasmado en mi memoria.

viernes, febrero 24, 2006

Mujer Rehén

(Luís Muñoz)

La mujer de aquel sueño era un rehén
al menos era suya mientras él
no la vendiera al despertar
y no iba a venderla nunca nunca

la mujer de aquel sueño era de sueño
y sus soñados pechos eran
insoportables de tan bellos
su pubis de deseo era soñado
y soñados los labios de custodia
de la lengua dulcísima y soñada

la mujer de aquel sueño era un rehén
al menos era suya mientras él
no la vendiera al despertar
y no iba a venderla nunca nunca

pero de pronto el nunca se acabó
y cuando abrió los ojos ya no estaba

lunes, febrero 20, 2006

De cartas de amor

Os invito a leer la carta de amor que ha ganado este año el V Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor, 2006. Se trata de un tipo de concurso poco conocido, pero que requiere de un gran esfuerzo para poder expresar sentimientos de forma original, evitando en cualquier caso la cursilería.

Rastros de pintura

Adjunto también la ganadora del III Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor. Es igualmente admirable esta otra carta.

Remember

sábado, febrero 18, 2006

"... el manto de silencios entre tu piel y la mía, tolerar la inquietud al balanceo de una mesa cuando esperas una señal, preguntarte sin decir, responderme sonriendo..."

Ya puedes leer un nuevo relato publicado en Cuentos en la azotea titulado El encuentro.

miércoles, febrero 15, 2006

Voces de agosto


(Carlos navarro. Verano de 2005)

Viajaron en una vespa alquilada
por la costa de Tarifa;
cuando se perdían
al calor de una manta se encontraban.

En Burdeos,
él se abrazaba a las avenidas, decía
que todo cambia si se mira
hacia arriba; ella prefería los Cafés, su
aroma añil la liberaba.

Bajó hasta Córdoba, con falda blanca
y en el puño
kilómetros de impaciencia.

Halló las cenizas de un verso, y siguió
el rastro de letras,
hasta dar con él y su poema.

Soñó con aquella casa de Cádiz una vez, y
la lengua de una promesa se perfiló. Sobrevivían
entonces al límite uno del otro,
hasta la noche. Al cobijo de una sábana,
el uno al otro se bastaban.

Ella le pidió que se escribieran
cuando hablaron de eso
y de estrellas en su último verano;
la voz de un amor
que en agosto marchó.

Todavía,
cuando el viento la golpea
paseando en una ciudad nueva, puede
verlo rasgado entre penumbras, y olvida
que inventó la dirección, cauta,

o temerosa.

jueves, febrero 09, 2006

El amor difícil

(Luís García Montero)

Quizá tú no me viste,
quizá nadie me viese tan perdido,
tan frío en esta esquina. Pero el viento
pensó que yo era piedra
y quiso con mi cuerpo deshacerse.

Si pudiera encontrarte,
quizá, si te encontrase,
yo sabría explicarme contigo.

Pero bares abiertos y cerrados,
calles de noche y día,
estaciones sin público,
barrios enteros con gente, luces,
teléfonos, pasillos y esta esquina,
nada saben de ti.

Y cuando el viento quiere destruirse
me busca por la puerta de tu casa.

Yo le repito al viento
que si al fin te encontrase
que si tú aparecieses, yo sabría
explicarme contigo.

jueves, febrero 02, 2006

De lo inmutable

(Carlos Navarro. 2004. Carta a una amiga ante sus dudas)
Tan sólo puedo aconsejarte lo siguiente cuando me inquiriste aquello: Las acciones son un vaivén azaroso conducidas por la regia casualidad, quien entrelaza almas o las arroja desdeñosa: un retraso por ese despertador que calla el día de la revisión médica, la leve llovizna que patinó el autocar, desplazándolo hacia el andén, la mirada rayada por el sol que deslumbra y no permite ver a la chica de la cazadora, se deshace el júbilo del reencuentro y no hay cena en su casa, ni compartida la tormenta que no os hizo presos de ningún lecho, sin opciones de amarla y reñir y reconciliarse. Nuestra voluntad puede parecer abandonada o ignorada, muda, incapaz de coger ese avión o alzar la pluma o dar aquel beso.

Pero incluso cuando la casualidad quiebra vínculos y no mancha sábanas, aún así, todo puede volver a repetirse una y otra vez, pues nada es nunca definitivo ni perpetuo, fluctúa de un lado a otro, somos arrojados por el espacio y el tiempo. Nada es inmutable, ni siquiera lo ya ocurrido que recordamos de manera distinta cada vez, añadiendo o restando fragmentos, pues detestamos la hiriente ignorancia, el desconocimiento absoluto de los datos o reyes asesinados o la sangre en esta tierra, e incluso inventando hechos como nos hubiera complacido que ocurriesen, ensalzando nuestros éxitos o heroicidades, completando la realidad con lo que pensaron o murmuraron los que comparecieron, aquello que jamás supimos pero que de repente creemos recordar o saber y que siempre supimos desde entonces, qué sucedía a nuestro alrededor cuando celebramos el éxito o las heroicidades, la realidad mutable, la realidad engañada por nuestra capacidad de invención o de conocer lo que nos afecta o concierne aunque lo ignoremos.

Y aún en menor medida el presente, del que sí somos coetáneos o cómplices, que no requiere de imaginaciones sino de actos —házlo, ahora, no lo pienses—, sólo hay que descolgar, detener citas o convocar o felicitar, palabras que tendrán su eco en lo que vino o vendrá, y así poder rectificar o pronunciar lo que callamos, narrar ocultaciones inocuas u homicidas por el temor a herir o sangrar unos oídos diáfanos, el engaño jamás relatado que se clarifica y argumenta para al fin conciliar el sueño, pero que tal vez prefiramos no escuchar, desconocer que otro la cautiva o retiene, noches furtivas nada cotidianas ni leves. La toma de decisiones depende hoy de nosotros, seremos quienes no apartemos los labios ante el beso primerizo o enviamos la carta o aceptemos la invitación secreta de ese desconocido aunque ingenuo; no se nos permite ser cobardes, o no en cada momento pues si apartáramos la boca o no descolgáramos el teléfono por pusilánimes o vagos o durmientes, o diéramos por veraces la maldición o el insulto de quien dejamos, con quien gozamos y formó parte de nosotros como un brazo o un hogar, a quien musitamos siempre tuyo, sustituido por otro como una pieza o un aparato nuevo, nada haríamos constreñidos y la vida sí sería azarosa, pero incluso entonces podemos retomar o deshacer, arrepentirnos de los actos y el abandono, reclamar de nuevo la constancia de quien estuvo y atendió y arropó, la ternura de quien conoce lo frágil que fuimos o somos y a quien requerimos para las noches que vendrán.

El tiempo siempre pone cada cosa en su lugar, pero no por ordenado o sabio u obediente, sino porque fluye o transcurre, pues somos nosotros quienes jugamos con las madejas del tiempo y actuamos, con la desmemoria de lo que ocurrió o pudo ocurrir, y disponemos de él para solventar asuntos y meditar decisiones o esclarecer hechos, así como evitar la presteza del amante o la pareja o el ex novio que reclaman, pues la inquietud o ceder a la urgencia nunca atina ni resuelve ni consigue nada. No tengas prisa. Nada es imperecedero ni inmutable, pues el azar y tu voluntad puedan trazar las nuevas líneas del libro que no ha hecho más que empezar.