jueves, febrero 02, 2006

De lo inmutable

(Carlos Navarro. 2004. Carta a una amiga ante sus dudas)
Tan sólo puedo aconsejarte lo siguiente cuando me inquiriste aquello: Las acciones son un vaivén azaroso conducidas por la regia casualidad, quien entrelaza almas o las arroja desdeñosa: un retraso por ese despertador que calla el día de la revisión médica, la leve llovizna que patinó el autocar, desplazándolo hacia el andén, la mirada rayada por el sol que deslumbra y no permite ver a la chica de la cazadora, se deshace el júbilo del reencuentro y no hay cena en su casa, ni compartida la tormenta que no os hizo presos de ningún lecho, sin opciones de amarla y reñir y reconciliarse. Nuestra voluntad puede parecer abandonada o ignorada, muda, incapaz de coger ese avión o alzar la pluma o dar aquel beso.

Pero incluso cuando la casualidad quiebra vínculos y no mancha sábanas, aún así, todo puede volver a repetirse una y otra vez, pues nada es nunca definitivo ni perpetuo, fluctúa de un lado a otro, somos arrojados por el espacio y el tiempo. Nada es inmutable, ni siquiera lo ya ocurrido que recordamos de manera distinta cada vez, añadiendo o restando fragmentos, pues detestamos la hiriente ignorancia, el desconocimiento absoluto de los datos o reyes asesinados o la sangre en esta tierra, e incluso inventando hechos como nos hubiera complacido que ocurriesen, ensalzando nuestros éxitos o heroicidades, completando la realidad con lo que pensaron o murmuraron los que comparecieron, aquello que jamás supimos pero que de repente creemos recordar o saber y que siempre supimos desde entonces, qué sucedía a nuestro alrededor cuando celebramos el éxito o las heroicidades, la realidad mutable, la realidad engañada por nuestra capacidad de invención o de conocer lo que nos afecta o concierne aunque lo ignoremos.

Y aún en menor medida el presente, del que sí somos coetáneos o cómplices, que no requiere de imaginaciones sino de actos —házlo, ahora, no lo pienses—, sólo hay que descolgar, detener citas o convocar o felicitar, palabras que tendrán su eco en lo que vino o vendrá, y así poder rectificar o pronunciar lo que callamos, narrar ocultaciones inocuas u homicidas por el temor a herir o sangrar unos oídos diáfanos, el engaño jamás relatado que se clarifica y argumenta para al fin conciliar el sueño, pero que tal vez prefiramos no escuchar, desconocer que otro la cautiva o retiene, noches furtivas nada cotidianas ni leves. La toma de decisiones depende hoy de nosotros, seremos quienes no apartemos los labios ante el beso primerizo o enviamos la carta o aceptemos la invitación secreta de ese desconocido aunque ingenuo; no se nos permite ser cobardes, o no en cada momento pues si apartáramos la boca o no descolgáramos el teléfono por pusilánimes o vagos o durmientes, o diéramos por veraces la maldición o el insulto de quien dejamos, con quien gozamos y formó parte de nosotros como un brazo o un hogar, a quien musitamos siempre tuyo, sustituido por otro como una pieza o un aparato nuevo, nada haríamos constreñidos y la vida sí sería azarosa, pero incluso entonces podemos retomar o deshacer, arrepentirnos de los actos y el abandono, reclamar de nuevo la constancia de quien estuvo y atendió y arropó, la ternura de quien conoce lo frágil que fuimos o somos y a quien requerimos para las noches que vendrán.

El tiempo siempre pone cada cosa en su lugar, pero no por ordenado o sabio u obediente, sino porque fluye o transcurre, pues somos nosotros quienes jugamos con las madejas del tiempo y actuamos, con la desmemoria de lo que ocurrió o pudo ocurrir, y disponemos de él para solventar asuntos y meditar decisiones o esclarecer hechos, así como evitar la presteza del amante o la pareja o el ex novio que reclaman, pues la inquietud o ceder a la urgencia nunca atina ni resuelve ni consigue nada. No tengas prisa. Nada es imperecedero ni inmutable, pues el azar y tu voluntad puedan trazar las nuevas líneas del libro que no ha hecho más que empezar.