martes, abril 04, 2006

Reto de imanes

(Pido dispulpas a quien dirigí este escrito por publicarlo ahora. No fue más que un amor, nada más común y a su vez insólito, aunque publicar una carta es siempre una profanación. Releer lo que escribimos tiempo atrás imboca amargos recuerdos, y también una sonrisa. A quien amamos le debemos siempre algo, no sé, por provocar cambios, una vorágine de latidos. Pero al tiempo dejamos de ser quienes fuimos, por lo que no sé si me llevaría bien con quien escribió esto, si ahora entendería lo que sentí o sintió entonces, y ajena me resulta la presente carta. Carlos Navarro. Tiempo estimado de lectura: 9 minutos)

Últimamente todo adopta un cariz de eco ineludible.

Algo intercede entre nosotros, un ramaje oculto o un velo, sesgo del nexo invisible que nos une saciando miedos o dudas; tal vez sea lo mismo que nos imanta irremediablemente y arde (qué podría haber lacerado nuestro beso que reclama y busca y desespera; qué gélido dique habría detenido su fulgor) si otros brazos nos apresan o decimos adiós, tal vez vuelvas a verme. Así ha sido o así lo creo; o será el temor a la pérdida el motor que nos inyecta un poco de ti en mí, un poco de mí en ti, y nos empuja.

Procuras un brote preciso si te acercas sigilosa. Creces allí donde jamás hubo agua ni cultivo; es la incertidumbre al salirse de la fila o de una evidencia, o de la senda segura que trazaba hasta dar contigo, un desvío inesperado y envés de señales —mi conducto irrenunciable o savia vaporosa— surgió cuando rompiste el silencio, entregándote. Y recostada en el andén marcaste el cruce o cambio en tu vigía incipiente, y a su vez germinó un poco de mí en ti; anudado el cinto y encaramada una búsqueda.

A quién le importa dónde duerme nuestra media naranja, a qué hora y en qué lugar sabremos que es él o ella al fin; lo difícil es superar el corte que divide el fruto en dos mitades, sobrevivir a su hallazgo. Si lo desconocido se da la vuelta, y la sospecha encuentra un rastro y se confirma, anhelos que palpan y pasan a formar parte de un baúl o repisa; apenas se mira. El rubí más grande en un cuello se hace pequeño, imperceptible, o las canciones que invocaron al llanto se sustituyen por la anestesia criminal que las desgasta.

Entonces el encuentro no es más que un preludio de su pérdida.

Esta noche algo vaticina tu marcha, rápida e incisiva será como un corte de navaja. Apenas lo pienso, o no lo hago en exceso, ni tan poco si habrá caricias que nada quemen o sólo discurran torpemente. Pero conozco el poco caso que se hace a lo que uno se habitúa.

No haré mención aquí del amor, interruptor que enciende o balanza que da cuerda al mundo y sentido y lo matiza, porque te he dicho tanto en tan poco tiempo, jamás de forma tan explícita y directa, susurro de sal aún adormecida, remedo o ensañamiento de versos o reflejo e imprecisa cercanía del aromático idioma de un beso; así lo requieres empequeñecida y desvalida de afectos, y así me urge emplazarte al grito del deseo. Te veo como una niña que pasea levantando polvo en el camino, te atemoriza la firme ventisca en alza, y esta esponja revoltosa que es mi piel se impregna de toda esa arena.

Acierta quien condensa la vida o la resume en una enumeración de encuentros. No hay búsqueda devota ni refugio ni salidas, todo está ahí fuera; un tejido de diálogos o vínculos afectivos de cualquier grado e implicación, más que el relleno de biografías haciendo y deshaciendo, a qué te dedicas o a qué proyectos o mares te encaminas.

No somos eso. Ni un engranaje de profesiones ni sexo ni lo que relatamos; somos el trayecto que otros encauzan, como el lazo sanguíneo que heredamos y ata a los que nos dieron posibilidad y hueco. Del trato con los demás se compone la vida, incluso de quienes apenas conocimos ni admiramos y pronto perdimos u olvidamos (Nadie quedará indultado por bondadoso y discreto y sin sangre; aquellos que evitan desplazar a los presentes sin aplomo ni ánimo de turbar ni influir o eluden culpas o se ausentan o caminan de soslayo; caiga sobre ellos el abandono).

Me refiero a lo compartido y a la entrega sublime de ofrecerse, olvidar la naranja para ser el jugo de una uva o un limón, la transformación de acompañarte o más bien seguirte un trecho, un pedacito de tiempo a pesar del ramaje oculto o velo que descifro ahora que ha sido nombrado —darle nombre a algo es cuñarlo, se asoma y ya puede describirse, evitarse o dar cobijo—, que deja de ser viento en contra, un impulso o un reto de imanes.

Habrá tormenta, estoy seguro, y fango, pues no somos fáciles ni iguales ni complacientes, ávidos de voluntad y exigencias. Acepto el reto; déjame de compartirme contigo.

2 comments:

Anonymous Anónimo dijo...

si que sigue existiendo un poko de aquello en ti, pero lo dejaste demasiado escondido...

mua bebo...

10:04  
Anonymous Anónimo dijo...

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19:46  

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