lunes, septiembre 25, 2006

Reclamos

Reivindico un espacio sólo para mí, que desborde quietud de letras sobre un teclado. Reinvindico un recodo silencioso donde perderme con novelas esparcidas por el suelo, con tazas de café, una por cada verso escrito.

Estoy esclavizado a unos padres tan viejos como sus anquilosadas preocupaciones. Mi padre apenas habla, sé que puede hacerlo aunque rara vez lo compruebo. Apenas alza su vista de entre los cientos de libros que devora cada semana. No he conocido a nadie tan leído como él, ni que me conozca tan poco.

Rercuerdo una casa donde viví con mi hermano, donde nos pasábamos horas leyendo, y horas escribiendo. Interrumpíamos al otro sólo para mostrar un hallazgo literario, una frase, una idea que nos permitía reflexionar sobre tantas otras. Verbalizábamos esbozos de nuevos poemas, su esencia y ritmos posibles, o nos leíamos sus primeras líneas, apostábamos por la fuerza de un título, o por el adjetivo idóneo para este o aquel final. No se puede susurrar sin voz, como no se puede escribir sin soledad.

sábado, septiembre 23, 2006

El otoño

(Luis Cernuda, en Ocnos)

Encanto de tus otoños infantiles, seducción de una época del año que es la tuya, porque en ella has nacido.
La atmósfera del verano, densa hasta entonces, se aligeraba y adquiría una acuidad a través de la cual los sonidos eran casi dolorosos, punzando la carne como la espina de una flor. Caían las primeras lluvias a mediados de septiembre, anunciándolas el trueno y el súbito nublarse del cielo, con un chocar acerado de aguas libres contra presiones de cristal. La voz de la madre decía: "Que descorran la vela", y tras aquel quejido agudo (semejante al de las goondrinas cuando revolaban por el cielo azul sobre el patio), que levantaba el toldo al plegarse en los alambres de donde colgaba, la lluvia entraba dentro de la casa, moviendo ligera sus pies de plata con rumor rítmico sobre las losas de mármol.
De las hojas mojadas, de la tierra húmeda, brotaba entonces un aroma delicioso, y el agua de la lluvia recogida en el hueco de tu mano tenía el sabor de aquel aroma, siendo tal sustancia de donde aquél emanaba, oscuro y penetrante, como el de un pétalo ajado de magnolia. Te parecía volver a una dulce costumbre desde lo extraño y distante. Y por la noche, ya en la cama, encogías tu cuerpo, sintiéndolo joven, ligero y puro, en torno a tu alma, fundido con ella, hecho alma también él mismo.

jueves, septiembre 07, 2006

La sentencia

(Carlos Pardo en Paisaje sin desvelo)

Y cayó como piedra la palabra
sobre mi pecho vivo.
Y no importa,
me había preparado,
me las apañaré.

Tengo trabajo:
hay que sacrificar la memoria,
hay que purificar el alma,
hay que aprender
cómo vivir de nuevo.

Si no... El cálido susurro del verano,
su fiesta más allá de mi ventana.
Presentí, hace tiempo,
este día tan claro y la casa desierta.