jueves, diciembre 14, 2006

prescindibles

(Retomo un texto ya publicado por lo presente de sus palabras, ahora, aquí, hoy)

Dicen que no somos indispensables para nadie, no de absoluta necesidad, ni quien es guía o mentor o conoce cualquier respuesta y mantiene la calma, y nos la otorga por tanto frente a crisis nerviosas o un riesgo inminente. Tuve un amigo, casi fraterno, con el que junté mis muñecas ensangrentadas para perpetuar nuestra amistad, un juramento de lealtad. Ahora no sabría decir qué hace, qué sueños persigue o qué le aterra; ni quién es. Así, una amistad o un noviazgo son siempre interinos, de paso y por un tiempo, un tránsito y jamás permanentes. Si nadie es imprescindible para nadie, todos podemos ser algún día suplantados o quizá ya lo estemos siendo en este momento.

Se nos sustituye siempre, en las ciudades y en las aulas, en el trabajo, en la vida y en las casas como un cuadro que ocupa un espacio y recibe atenciones un tiempo, y después se suple la vacante. No se permite la pared blanca o salmón, el hueco, el vacío, y se cuelga otro la misma tarde. Si uno marcha y cambia de barrio pronto empezará a perder hilos, enganches con su pasado, rotas las miradas y asistencias y consideraciones anteriores, otro u otra ocupará o saciará las risas y vigilará a los niños y prestará hogar y dinero, nuestro lado de la cama jamás vacío, otros brazos y otra nuca abrigará sus sueños, y nuestra relevancia y el espacio ocupado más pequeño, arrinconados en un callejón.

Será la genética o la raza la que indaga y siempre encuentra frente a una ausencia, algo inherente, la naturaleza, qué se yo, sobre todo pasado un tiempo. En los primeros días tras la brecha de un vínculo, como tajo aún sangrante, se tiende a requerir la dosis humana que nos era injertada. Bastan unas semanas a veces para que ésta se atenúe o se difumine la imagen de rasgos y merme la complicidad, no toda, más bien exija entonces de un esfuerzo y dedicación y sudores, no ya por inercia, jamás como antes.

Lo más grave tal vez sea la maquinación del recambio si esta es premeditada, como sucede en un amor ya rendido o apagándose, lo que le es previo, la búsqueda y la selección, aquel que cumpla deseos y entrega y reavive algo que olvidó en su letargo, el halago nuevo y el embrujo y otro tacto, pues rara vez permitimos la soledad, o no nos está permitida ni bien vista a cierta edad, será la sociedad que lo repudia o esos ojos que escudriñan y murmuran o condescienden, sobre todo en círculos pequeños donde se opina sobre los demás sin remisión ni freno, como si pronunciar o verter juicios no fuera ya una forma de saber y adjudicar. Cuántas veces se asume algo por el mero hecho de haberlo escuchado o sentenciado, una intención o equivocación de alguien, ‘te aseguro que lo dejó por esto’, o ‘daría una pierna a que marchó por cobardía’, o ‘es un irresponsable y se merece lo que le pasa, él es culpable diga lo que diga’, o quizá ‘se quedó sola porque es maniática y frígida’, evitado el rigor y la comprobación de las postulaciones, pero que llegado a un punto es lo que se recuerda y está fijado, y no vemos nada más.

No se aconseja el descanso ni la ausencia de citas, no suele darse sino más bien lo contrario, la sustitución inmediata, y la elección que le precede, alguien al que tal vez ni conozcamos ni sepamos más que el rapto, el robo de lo que nos perteneció y participó de nuestras vidas, cuando perece lo que tan vivo estuvo, y se inicia un cortejo, el juego de quien ya es nuestro rival. Cuando no se nos advierte, cuando aún llamamos y nos citamos, y presentimos que algo no va bien, pero aún creemos que todo amor nace para perpetuarse, o tal es la intención o ingenua consideración, y estamos ciegos, y sordos. Tal vez se aproxima entonces el cambio, o ya seamos ese hueco en la pared, la vacante, o quién sabe si ni siquiera eso, pues ya hizo su nueva elección, la maquinación premeditada, y nada de lo que podamos hacer nos devuelve a nuestro lugar, hemos sido sustituidos y suplantados. Y también olvidados.